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Confesiones en la cocina |
Confesiones en la cocina
Los días de mal tiempo en un Campo Base siguen siempre una tónica similar, aunque por fortuna, siempre puedan haber momentos que rompan la monotonía de la rutina diaria. Son días de descanso, de relajación y de nostalgia, de hablar mucho o de leer mucho, según se lo pida a uno el cuerpo. Cuando sobre las 04:30 h comienzan a dar sobre la tienda los primeros rayos de luz del día, uno agudiza el oído intentando averiguar si esos copos de nieve que desde el pasado día 12 golpean insistentes la lona de la tienda han parado durante la noche; y la triste confirmación, obliga a prepararse mentalmente para una nueva jornada que comienza, en ese preciso momento, arrebujándose en el saco de dormir e intentando afrontar con las mayores ganas posibles el nuevo día de Campo Base.
Hacia las ocho de la mañana, con la puntualidad que de nuevo te pida el cuerpo, nos juntamos en la tienda comedor. Tras el desayuno, unos se dedicarán al aseo, otros al lavado de ropa, otros se enzarzarán en animada polémica si el tema del día da para ello… A veces, como ayer, el requerimiento de la presencia de nuestro doctor por parte de la expedición “andaluza-riojana-extremeña”, será la excusa para pasar toda la mañana con ellos y debatir sobre temas de actualidad. Otras veces el cumpleaños de algún miembro de la expedición, como sucede hoy con el de Quique Rapún, servirá para preparar con ilusión una comida especial y hacer brotar un rato entrañable entre nosotros.
Por la tarde, los íntimos momentos de cercanía que proporcionan los correos y llamadas de los nuestros, serán los que, sin duda, más nos harán cargar las pilas. O también, esos comentarios de ánimo y apoyo que leemos en la web de la expedición; y por supuesto esa noticia ansiada y esperada que nos confirma que nuestros amigos del trekking han alcanzado sin novedad Skardú, tras cruzar ese espectacular paso, que tan lejano vemos ahora nosotros, del Gondogoro La.
Sin embargo, hay un momento del día, institucionalizado ya en anteriores expediciones, que suele depararme momentos de profunda reflexión y cierto misticismo. Es en ese momento mágico del atardecer, en las horas que preceden a las primeras sombras de oscuridad, cuando fiel a mi costumbre suelo acercarme a la cocina a conversar con nuestro cocinero y su ayudante y echar un té mientras intento aprender alguna palabra de su lengua o acercarme algo más a su forma de vida y de pensar. Normalmente estos momentos de confraternización deparan en mí reflexiones profundas y suelo acostarme con ellas. Son vidas ejemplares, de abnegación y sacrificio, de dedicación, de superación y de tantos y tantos valores que en ocasiones olvidamos en occidente.
Zulfi, nuestro cocinero, tiene 32 años y dos hijos. Posee esa mirada alegre y vivaz de las personas inteligentes que he podido observar en otras ocasiones en estas tierras. Su barba recortada y cuidada delata sus profundas convicciones religiosas; es ismailita, originario del valle de Hunza, lugar donde se profesa con mayoría esta confesión.
En un inglés muy aceptable, aprendido en su trato con los turistas, me habla de las costumbres de su tierra, del desconocimiento que tenemos de esa zona norteña de Pakistán donde las mujeres no van tapadas y trabajan en igualdad de condiciones que los hombres; del desasosiego que como consecuencia del 11 de septiembre impera entre ellos, y de no sentirse queridos por nosotros; me relata sus expediciones y sus viajes al sur del país para buscar trabajo, cuando acaba la temporada de verano. |

Recuerda, con cierta nostalgia, los meses que estuvo trabajando para Naciones Unidas en Cachemira, realizando tareas de valoración de daños del terremoto, y donde por primera disfrutó de un sueldo en condiciones. Hablamos de política, de religión, de comercio y de futuro, de relaciones entre países y de acuerdos; me cuenta por ejemplo, que como consecuencia de los lazos establecidos tras siglos de comercio a caballo de la antigua ruta de la seda, para los habitantes de su provincia no es necesario tener visado si visitan la región china del Xichiang. Y también me habla de educación, del verdadero motor de esa vida sacrificada que lleva y que le obliga a estar meses sin ver a su familia, de esa esperanza, que también he encontrado en otros países, de que sus hijos vivan una vida mejor que comienza precisamente por tener la posibilidad de estudiar lo que ellos no tuvieron oportunidad. Y para ello, me confiesa, al próximo año ha acordado con su mujer trasladarse él sólo a Islamabad y buscar un trabajo mejor remunerado, algún puesto en alguna embajada o donde pueda conseguir un sueldo aceptable; por apenas 100 ó 200 euros al mes, en el mejor de los casos, está dispuesto a ver a su mujer y sus hijos una vez cada cuatro o seis meses…
Adil, el ayudante de cocina, tiene 22 años, se casó con 15 y ya tiene tres hijos. Es originario de Machulo, un pueblo de unos 700 habitantes del valle de Hushé. Su fisonomía dura y sus toscos ademanes son la muestra del agudo contraste que se vive en estas tierras. En un críptico inglés me dice que en su pueblo lo normal es tener unos nueve hijos y que él cree que se quedará en cuatro. Por un momento me remonto diez años en el tiempo y recuerdo cuando nuestro porteador de altura
nos invitó a comer en su casa en Machulo al final de la expedición. Era un pueblo cuidado y rodeado de verdes huertas, con multitud de niños por las calles; sin escuela, donde los inviernos son largos y muy duros. Ahora, me dice con orgullo, los niños van tres años a la escuela y han construido nueve mezquitas. No salgo de mi asombro, nueve mezquitas; incrédulo le pregunto cuántos líderes espirituales hay en su pueblo y me contesta que unos veinte…
Tras la cena, y mientras algunos se quedan viendo una película en el ordenador, me meto rápido en el saco y me sumerjo en un sueño profundo, dónde por un lado aparecen una tierra y una gente que anhela mejora y progreso y por el otro un Pakistán profundo, detenido en el tiempo del siglo XXI.
Cte. Alberto Ayora Hirsch
Grupo Militar de Alta Montaña
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Lágrimas de hielo e impotencia |
Lágrimas de hielo e impotencia
Cuando la camilla de circunstancias que hemos tenido que preparar para transportar a un porteador herido desaparece en la lejanía, sentimientos encontrados embargan a nuestro grupo. Una vez más la cruda realidad que acabamos de afrontar ha superado nuestros corazones occidentales.
Tras el obligado descanso de Paiju nos introducimos en el glaciar del Baltoro, el cuál será nuestro compañero inseparable en los días siguientes. Día largo y duro, pero precioso; de poder contemplar espectaculares catedrales de roca, de torres altivas y desafiantes… La llegada a Urdukas, punto final de esta jornada, será escalonada y habrá quién se la ha tenido que tomar con más tranquilidad. De hecho han comenzado las primeras incertidumbres en algunos, en comenzara preguntarse si serán capaces de conseguir llegar a ese lejano Campo Base de los Gasherbrum.
Sin embargo, la facilidad con la que al día siguiente se alcanza Goro II hace renacer las esperanzas, y junto con los ánimos que da el haber disfrutado de un día espléndido, todo se ve con un prisma distinto. Pero estamos en el Karakorum, y de nuevo la grandiosidad de estos parajes viene acompañada de una realidad distinta a la que estamos acostumbrados. Nos avisan que ha tenido un accidente en el Broad Peak un porteador de altura pakistaní de una expedición polaca, al que llegando al Campo I una piedra le ha golpeado una pierna, y que lo están evacuando a caballo; tranquilamente esperamos su llegada con total inocencia.
Fractura de tibia y peroné, el supuesto caballo son las espaldas de su hermano y el riesgo altísimo de perder una pierna si no se le evacua en condiciones. Mientras nuestro médico atiende al herido solicitamos a Islamabad la evacuación en helicóptero. |

La respuesta nos deja incrédulos y perplejos; su expedición y el resto de expediciones en el Broad han decidido el que no sea evacuado en helicóptero y por lo tanto se desestima nuestra solicitud. Nos ponemos en contacto con nuestra Embajada para que a su vez intente forzar la evacuación con la Embajada polaca. Será inútil y a pesar de la rápida gestión de nuestro embajador y de que como es habitual por desgracia, otras expediciones han hecho la vista gorda, decidimos afrontar nosotros mismos la situación. Por ello y conscientes del riesgo que implica el que continúe su transporte en pésimas condiciones, acordamos el abonar los porteadores necesarios para proceder a su evacuación en camilla.
Rabia, indignación, impotencia, asombro, perplejidad… pero también el corazón agradecido del resto de sus compañeros. Cuando por la mañana todos los porteadores vitorean agradecidos a nuestro médico y nuestra expedición más de uno tenemos que intentar ocultar esas lágrimas que al caer al glaciar rápidamente se convierten en hielo. Como dice el cantautor serán un cardenal más de los funerales de nuestro corazón.
Cte. Alberto Ayora Hirsch
Grupo Militar de Alta Montaña
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Sentimientos a flor de piel |
Sentimientos a flor de piel
Tal vez sea que los acontecimientos pasados con el porteador de altura paquistaní nos han dejado más sensibles, o a lo mejor será que lo que nos quedaba por vivir simplemente ha hecho que esto sea así:
¿O qué sucede cuando en un día espléndido bajo un cielo limpio, sin una sola nube, alcanzamos la majestuosidad de Concordia y se nos revela colosal e inmenso el K2? Algunos se abrazaran, llorarán y bailaran de alegría.
¿Y qué sentimientos afloran cuando en la grandiosidad de Concordia y en el interior de la pequeñez de una tienda se guarda un minuto de silencio y se canta una jota en memoria de los aragoneses fallecidos en 1995…?
¿Qué emociones estallan cuando se vislumbra por vez primera tras diez años, el altivo GI y la presencia de nuestro compañero fallecido se evidencia con mayor fuerza?
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¿Qué aflora en los corazones de todos cuando finalmente se cumple ese sueño añorado e imposible de alcanzar ese lejano Campo Base de los Gasherbrum?
¿Y qué descansa en el interior de uno cuando se cumple ese objetivo de honrar la memoria en forma de placa, del que se nos quedó un 17 de julio de 1996: Tte. Manuel Alvarez, per aspera ad astra?
¿Qué se muere en el alma cuando un amigo se va?
Sí, hoy finalmente tras muchos días de intensa convivencia nos hemos quedados solos y comienza de verdad esta expedición.
Cte. Alberto Ayora Hirsch
Grupo Militar de Alta Montaña
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La cima de un equipo |
La cima de un equipo
Los acontecimientos se han precipitado. Jamás pensé, tras muchos años dedicados en cuerpo y alma a la montaña que lloraría tanto al llegar al Campo Base. No cuesta confesarlo y creo que a todos nos ha pasado lo mismo; hemos vivido momentos amargos y muy duros, en los que hemos caminado en el verdadero filo de la sutil línea que separa la vida a uno u otro lado. No queremos ser trágicos, ni morbosos, pero hemos decidido contar la verdad de lo acontecido en estos días de finales de julio del 2006.
Es la hora de la verdad. Así pensaba comenzar la crónica con la que contaros que nos íbamos de nuevo para arriba tras un breve periodo de descanso. El buen tiempo y sobre todo una mentalización extraordinaria nos lanzan a todos de nuevo a la montaña sin apenas periodo de recuperación y sin tiempo de poder escribir una breve crónica donde reflejar nuestros sentimientos y estado de ánimo:
Es la hora de la verdad, la hora donde es imposible conciliar el sueño, la hora de los interrogantes, de saber cómo nos encontraremos arriba, de si se confirmará la previsión meteorológica, de si todos nos encontraremos bien, de pensar en qué estado estarán las cuerdas que dan acceso al Campo IV, de pensar si hemos sido muy audaces lanzando un ataque a cima desde el Campo III, de recordar mucho, mucho a todos los seres queridos…
Con este cúmulo de sensaciones, que amparan la oscuridad de la noche y la soledad de la tienda de todo ochomilista antes del día del ataque a cima, partimos a las once de la noche del día 24 de julio los cuatro primeros miembros del grupo que vamos a intentarlo. Para no alarmar a las familias, ni siquiera hemos avisado que éste es el día señalado. Conscientes de lo que nos jugamos, hemos comentado que sigue el buen tiempo y que volvemos a los campos de altura, a mejorar nuestra aclimatación, y que a lo mejor si nos encontramos fuertes podríamos intentar la cima…
Día 25 de julio, día de Santiago, día de fiesta. A las 08.00 hora local, sé que lo hemos conseguido, contemplo extasiado a mi lado las cimas del GI, del Broad Peak, del K2. No hay viento, ni una nube en el horizonte, a mis pies todo el Karakorum. Son momentos mágicos, inenarrables, de alegría, de paz interior; son los instantes del objetivo cumplido. Poco a poco la cima va recibiendo más gente. A las 0930 horas estamos todos, uno a uno, cada uno a su ritmo ha ido cumpliendo su sueño. Compartimos estos minutos con los miembros de una expedición polaca y con tranquilidad vamos haciendo las fotos de rigor.
Aunque la hora es magnífica y el tiempo excelente, sabemos que es el momento de iniciar el descenso. Son las 10.00 de la mañana. Rápidamente me lanzo hacia abajo, con cuidado; la pala de acceso a la arista cimera es delicada, es de una inclinación
similar a la de nuestro conocido Tubo de la Zapatilla y son muchos los que se han caído en ella fruto del cansancio y de la hipoxia. Desciendo con facilidad; el calor comienza a notarse y me quito el mono de plumas. Continúo bajando y a las 11:30 h estoy en el Campo IV a 7.400 m comenzando a disfrutar lo conseguido.
El sonido del walkie rompe el breve periodo de relajación: Mi comandante, Kiko se ha caído y parece que no se puede mover…La voz de Fernando suena tranquila, pero el mensaje que acaba de lanzar al espacio etéreo recorre como un rayo toda la montaña, del Campo IV al Campo Base. En un instante todo ha cambiado.
A 7.850 metros, nuestro compañero ha caído 150 m rodando por la pendiente helada, hasta que su caída es detenida al suavizarse la pendiente. Dos de los alpinistas polacos con los que compartíamos la cima se encuentran con Fernando e intentan incorporar al herido, sin embargo, parece que en la caída se ha lesionado las cervicales y sufre mareos que le impiden mantenerse en pié. |
Los polacos hablan entre ellos con nuestra radio y ante la imposibilidad de de moverlo deciden bajar y prestarnos parte del equipo que tienen en el Campo IV. Una corriente de solidaridad ascendente sacude la montaña. A 7.700 m sabemos que la única posibilidad de supervivencia pasa por bajar lo antes posible. Sin embargo, el vivac a esa altura va a ser inevitable. Mientras nuestro Oficial de Enlace y Quique buscan en el Campo Base porteadores de altura y alertan el helicóptero de rescate, me vuelvo a lanzar para arriba con una tienda de campaña, un saco de dormir, dos esterillas aislantes y dos cocinas. Me acompaña uno de los polacos, que es médico pero al que el esfuerzo del ataque a cima le pasa factura. Se da la vuelta a 7.500 metros.

Cuando llego al lugar del accidente, comprobamos que no sólo parece que exista una lesión de cervicales, sino también, un esguince de tobillo. La mirada que nos lanzamos los tres lo dice todo, no hace falta más, las experiencias compartidas en otros ochomiles nos hace ser plenamente conscientes de la situación y sabemos que el día que ahora muere tenemos que aprovecharlo para recuperarnos los máximo posible, porque el día que se avecina va a ser, sencillamente, vital; o todo o nada.
A la mañana siguiente, tras una noche de insomnio y frío, comenzamos los tres el descenso. Tras unos iniciales vacilantes pasos en los que aseguramos a Kiko con cuerdas, vamos ganando unos metros a la vida, en los que él dando muestras de gran resolución, comienza a moverse por sí mismo.
Juan Manuel y Jesús han subido al Campo IV, Jorge y Julio al Campo III, Javichu ha permanecido en el Campo III aunque el cuerpo le pida bajar tras el ataque a cima. Todo un equipo se ha movilizado por encima de los 7.000 metros exprimiéndose al máximo, rompiendo techos personales y obviando la aclimatación de cada uno. En este instante el afán personal por conseguir la cima ha quedado relegado a un segundo plano. El desgaste al que nos vamos a someter va a ser tremendo. Mientras, el grupo de porteadores de rescate ha salido del Campo Base con el colchón de vacío, el collarín, medicinas…, en el mejor de los casos tardarán dos días en llegar al Campo III.
A 7.500 metros nos encontramos con Juan Manuel que sube con un botiquín de urgencia. Inyectamos a Kiko un par de medicamentos y continuamos bajando. La llegada al Campo IV supone una primera puerta a la esperanza. El alcanzar el Campo III, el resto de compañeros y a nuestro médico, un verdadero alivio que nos da fuerzas para seguir bajando y pernoctar en el Campo II.
Pero es la llegada al Campo Base al día siguiente la que haga explotar toda la tensión vivida. Al salir a la morrena del glaciar, todas las expediciones de españoles que se encuentran aquí se nos van acercando en una muestra de solidaridad y manifestando su preocupación. Apenas oigo sus comentarios envuelto en una nube de irrealidad pero, la voz del jefe de la expedición vasca surge entre todas ellas y oigo que le dice a Kiko: da las gracias a tus compañeros, tienes el mejor equipo posible. Son los mejores.
Recuerdo que en ese momento, estallé.
Cte. Alberto Ayora Hirsch
Grupo Militar de Alta Montaña
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